miércoles, 24 de marzo de 2010

CONDENACIONES DE PIO IX A MEDIADOS DEL XIX

CONDENACIONES DE PIO IX A MEDIADOS DEL XIX

En la carta “Quanta cura”

- Venerables Hermanos, se hallan no pocos que aplicando a la sociedad civil el impío y absurdo principio que llaman del naturalismo, se atreven a enseñar «que el mejor orden de la sociedad pública, y el progreso civil exigen absolutamente, que la sociedad humana se constituya y gobierne sin relación alguna a la Religión, como si ella no existiesen o al menos sin hacer alguna diferencia entre la Religión verdadera y las falsas.»

- Y contra la doctrina de las sagradas letras, de la Iglesia y de los Santos Padres, no dudan afirmar: «que es la mejor la condición de aquella sociedad en que no se le reconoce al Imperante o Soberano derecho ni obligación de reprimir con penas a los infractores de la Religión católica, sino en cuanto lo pida la paz pública.» Con cuya idea totalmente falsa del gobierno social, no temen fomentar aquella errónea opinión sumamente funesta a la Iglesia católica y a la salud de las almas llamada delirio por Nuestro Predecesor Gregorio XVI de gloriosa memoria (en la misma Encíclica Mirari), a saber: «que la libertad de conciencia y cultos es un derecho propio de todo hombre, derecho que debe ser proclamado y asegurado por la ley en toda sociedad bien constituida; y que los ciudadanos tienen derecho a la libertad omnímoda de manifestar y declarar públicamente y sin rebozo sus conceptos, sean cuales fueren, ya de palabra o por impresos, o de otro modo, sin trabas ningunas por parte de la autoridad eclesiástica o civil.»

-algunos despreciando y dejando totalmente a un lado los certísimos principios de la sana razón, se atreven a proclamar «que la voluntad del pueblo manifestada por la opinión pública, que dicen, o por de otro modo, constituye la suprema ley independiente de todo derecho divino y humano; y que en el orden público los hechos consumados, por la sola consideración de haber sido consumados, tienen fuerza de derecho

- Y no contentos con apartar la Religión de la pública sociedad, quieren quitarla aun a las mismas familias particulares; pues enseñando y profesando el funestísimo error del comunismo y socialismo, afirman «que la sociedad doméstica toma solamente del derecho civil toda la razón de su existencia, y por tanto que solamente de la ley civil dimanan y dependen todos los derechos de los padres sobre los hijos, y principalmente el de cuidar de su instrucción y educación.»

- se atreven con insigne impudencia a sujetar al arbitrio de la potestad civil la suprema autoridad de la Iglesia y de esta Sede Apostólica, concedida a ella por Cristo Señor nuestro, y a negar todos los derechos de la misma Iglesia y Santa Sede sobre aquellas cosas que pertenecen al orden exterior. Pues no se avergüenzan de afirmar «que las leyes de la Iglesia no obligan en conciencia sino cuando son promulgadas por la potestad civil; que los actos y decretos de los Romanos pontífices pertenecientes a la Religión y a la Iglesia necesitan de la sanción y aprobación, o al menos del ascenso de la potestad civil

- no dejéis jamas de inculcar a los mismos fieles, que toda la verdadera felicidad viene a los hombres de nuestra augusta Religión y de su doctrina y ejercicio, y que es feliz aquel pueblo que tiene al Señor por su Dios (Salmo 143). Enseñad «que los reinos subsisten teniendo por fundamento la fe católica» (San Celestino, Epístola 22 ad Synod. Ephes. apud Const. pág. 1200) y «que nada es tan mortífero, nada tan próximo a la ruina, y tan expuesto a todos los peligros, como el persuadirnos que nos puede bastar el libre albedrío que recibimos al nacer, y el no buscar ni pedir otra cosa al Señor; lo cual es en resolución olvidarnos de nuestro Criador, y abjurar por el deseo de mostrarnos libres, de su divino poder

- Indice= Syllabus de los principales errores de nuestro siglo

-§ I. Panteísmo, Naturalismo y Racionalismo absoluto

- La razón humana es el único juez de lo verdadero y de lo falso, del bien y del mal, con absoluta independencia de Dios; es la ley de sí misma, y le bastan sus solas fuerzas naturales para procurar el bien de los hombres y de los pueblos.

-Todas las verdades religiosas dimanan de la fuerza nativa de la razón humana; por donde la razón es la norma primera por medio de la cual puede y debe el hombre alcanzar todas las verdades, de cualquier especie que estas sean

§ II. Racionalismo moderado

- y la razón humana históricamente sólo cultivada puede llegar con sus solas fuerzas y principios a la verdadera ciencia de todos los dogmas, aun los más recónditos, con tal que hayan sido propuestos a la misma razón.

- Siendo una cosa el filósofo y otra cosa distinta la filosofía, aquel tiene el derecho y la obligación de someterse a la autoridad que él mismo ha probado ser la verdadera; pero la filosofía no puede ni debe someterse a ninguna autoridad.

- La Iglesia no sólo debe corregir jamas a la filosofía, pero también debe tolerar sus errores y dejar que ella se corrija a sí propia

- La filosofía debe tratarse sin mirar a la sobrenatural revelación

§ III. Indiferentismo. Latitudinarismo

- Todo hombre es libre para abrazar y profesar la religión que guiado de la luz de la razón juzgare por verdadera

- El protestantismo no es más que una forma diversa de la misma verdadera Religión cristiana, en la cual, lo mismo que en la Iglesia, es posible agradar a Dios.

§ IV. Socialismo, Comunismo, Sociedades secretas, Sociedades bíblicas, Sociedades clérico-liberales

- Tales pestilencias han sido muchas veces y con gravísimas sentencias reprobadas en la Encíclica Qui pluribus, 9 de noviembre de 1846; en la Alocución Quibus quantisque, 20 de abril de 1849; en la Encíclica Noscitis et Nobiscum, 8 de diciembre de 1849; en la Alocución Singulari quadam, 9 de diciembre de 1854; en la Encíclica Quanto conficiamur maerore, 10 de agosto de 1863.

§ V. Errores acerca de la Iglesia y sus derechos

- La Iglesia no es una verdadera y perfecta sociedad, completamente libre, ni está provista de sus propios y constantes derechos que le confirió su divino fundador, antes bien corresponde a la potestad civil definir cuales sean los derechos de la Iglesia y los límites dentro de los cuales pueda ejercitarlos.

- La Iglesia no tiene la potestad de emplear la fuerza, ni potestad ninguna temporal directa ni indirecta

- El fuero eclesiástico en las causas temporales de los clérigos, ahora sean estas civiles, ahora criminales, debe ser completamente abolido aun sin necesidad de consultar a la Sede Apostólica, y a pesar de sus reclamaciones.


§ VI. Errores tocantes a la sociedad civil considerada en sí misma o en sus relaciones con la Iglesia

- En caso de colisión entre las leyes de una y otra potestad debe prevalecer el derecho civil.

- Todo el régimen de las escuelas públicas, en donde se forma la juventud de algún estado cristiano, a excepción en algunos puntos de los seminarios episcopales, puede y debe ser de la atribución de la autoridad civil; y de tal manera puede y debe ser de ella, que en ninguna otra autoridad se reconozca el derecho de inmiscuirse en la disciplina de las escuelas, en el régimen de los estudios, en la colación de los grados, ni en la elección y aprobación de los maestros.

- La óptima constitución de la sociedad civil exige que las escuelas populares, concurridas de los niños de cualquiera clase del pueblo, y en general los institutos públicos, destinados a la enseñanza de las letras y a otros estudios superiores, y a la educación de la juventud, estén exentos de toda autoridad, acción moderadora e ingerencia de la Iglesia, y que se sometan al pleno arbitrio de la autoridad civil y política, al gusto de los gobernantes, y según la norma de las opiniones corrientes del siglo.

- Los Reyes y los Príncipes no sólo están exentos de la jurisdicción de la Iglesia, pero también son superiores a la Iglesia en dirimir las cuestiones de jurisdicción

- . Es bien que la Iglesia sea separada del Estado y el Estado de la Iglesia

§ VII. Errores acerca de la moral natural y cristiana

- La ciencia de las cosas filosóficas y de las costumbres puede y debe declinar o desviarse de la autoridad divina y eclesiástica

- Negar la obediencia a los Príncipes legítimos, y lo que es más, rebelarse contra ellos, es cosa lícita.

- . Las leyes de las costumbres no necesitan de la sanción divina, y de ningún modo es preciso que las leyes humanas se conformen con el derecho natural, o reciban de Dios su fuerza de obligar.

§ VIII. Errores sobre el matrimonio cristiano

-
Por virtud de contrato meramente civil puede tener lugar entre los cristianos el verdadero matrimonio; y es falso que, o el contrato de matrimonio entre los cristianos es siempre sacramento, o que el contrato es nulo si se excluye el sacramento.

- N.B. Aquí se pueden dar por puestos los otros dos errores de la abolición del celibato de los clérigos, y de la preferencia del estado de matrimonio al estado de virginidad. Ambos han sido condenados, el primero de ellos en la Epístola Encíclica Qui pluribus, 9 de noviembre de 1846, y el segundo en las Letras Apostólicas Multiplices inter, 10 de junio de 1851.

§ IX. Errores acerca del principado civil del Romano Pontífice

- . La abolición del civil imperio, que la Sede Apostólica posee, ayudaría muchísimo a la libertad y a la prosperidad de la Iglesia.

§ X. Errores relativos al liberalismo de nuestros días

- En esta nuestra edad no conviene ya que la Religión católica sea tenida como la única religión del Estado, con exclusión de otros cualesquiera cultos.
- De aquí que laudablemente se ha establecido por la ley en algunos países católicos, que a los extranjeros que vayan allí, les sea lícito tener público ejercicio del culto propio de cada uno.

- Es sin duda falso que la libertad civil de cualquiera culto, y lo mismo la amplia facultad concedida a todos de manifestar abiertamente y en público cualesquiera opiniones y pensamientos, conduzca a corromper más fácilmente las costumbres y los ánimos, y a propagar la peste del indiferentismo

- El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la moderna civilización.

martes, 16 de marzo de 2010

Pederastia y celibato clerical

Pederastia y celibato clerical
Ángel Aguado Fajardo. Granada Hoy, 16.03.2010.

Ante las continuas noticias sobre los casos de pederastia cometidos por sacerdotes, he estado dudando sobre la conveniencia de escribir sobre este asunto. Hoy me decido a la vista de que personas muy cualificadas coinciden con lo que fue mi tesis desde hace mucho.

En efecto, leo que, ante los casos de pederastia, el arzobispo de Viena, Christoph Schoenborn, ha abierto la caja de los truenos al pedir un "cambio de visión" sobre la soltería forzosa, y en Le Monde del 13 de los corrientes veo que"le théologien suisse Hans Küng a le premier évoqué le sujet, estimant que l'abolition du célibat limiterait les risques de pédophilie".

Intentaré explicar lo que para mí es la conexión entre el celibato y la pederastia. Para ello hay que tener en cuenta que el celibato en la inmensa mayoría de los casos no es un carisma sino, como dice el arzobispo de Viena, Christoph Schoenborn, "soltería forzosa". Estoy convencido de que los llamados carismas son sólo entelequias teológicas a no ser que por ello se entienda una natural aptitud para algún cometido. Sólo decir de paso que los votos religiosos de castidad y obediencia versan sobre la represión de tendencias buenas de la naturaleza por lo que conllevan una maldad intrínseca y según la moral católica más tradicional no podrían ser materia de un voto ya que este consiste en prometer a Dios una cosa buena y mejor que su contraria.

Las razones esgrimidas a favor del celibato sacerdotal son falsas y ocultan bajo un supuesto misticismo razones fundamentales de tipo económico o filosófico. El célibe no está más libre para dedicarse a los demás y a Dios como lo demuestran las vidas de tantos militantes casados y cargados de hijos entregados en cuerpo y alma a una causa, y lo desmiente el egoísmo de tantos solteros forzosos. La soltería forzosa en el catolicismo tiene dos raíces. Una es la idea neoplatónica de que el cuerpo y sus instintos son malos, constituyendo una cárcel para el alma a la que hay que liberar con sacrificio represivo, y otra económica de modo que los bienes de la Iglesia no pasaran a los herederos del sacerdote. Por ello en el Concilio de Elvira no se impone el celibato sino que se prohíbe a los sacerdotes el uso del matrimonio con sus legítimas esposas, y un emperador romano, al llamar la atención del Papa porque ha ordenado de obispo a un casado, es tranquilizado al decirle el Papa que antes ha hecho inventario de los bienes del ordenado de modo que sus hijos no puedan heredar nada de la Iglesia.

Siendo lo anterior verdad, permítaseme recordar que mientras vivían en la miseria los hijos del clero bajo, los del Gran Cardenal eran legitimados por los reyes y por el papa a fin de que heredaran a su potentado padre. Cualquier sacerdote es heterosexual u homosexual y, en consecuencia se siente fuertemente atraído por las mujeres o por los hombres, si quitamos los escasos casos de los pederastas de nacimiento.

El cura heterosexual que quiere satisfacer su instinto y para el que el celibato llega a resultar una imposición absurda, si es valiente, aborda a una mujer o a varias, y problema solucionado. Y no es mala la solución ya que la clandestinidad y la trasgresión mantienen la libido activa más allá que la tranquila relación legal y monógama. Algo parecido se puede decir del homosexual con la ventaja de que se ahorra la presión social del hetero a quien se ve a menudo con una o con sucesivas mujeres.

Sin embargo, al cura, homo o hetero, cobarde para abordar al objeto de sus deseos e incapaz de reprimirlos, le es muy fácil acercarse a un menor para satisfacer su instinto. Además desde su posición dominante impone el silencio a la víctima y se cree a salvo de la posible denuncia. Esto explica que las acusaciones se produzcan cuando los menores llegan a la adultez, y, en muchos casos no se realicen nunca.

Ante esto, el Vaticano decide vigilar que en los seminarios no sean admitidos los homosexuales largando así el sambenito a los de esta opción sexual. Pero los curas pederastas no son mayoritariamente de esta tendencia, aunque dentro del estamento clerical el 10% de homosexuales que se da en la sociedad se dispara a porcentajes más elevados.

Los curas pederastas, por lo tanto, descontados los que lo sean de nacimiento que deben ser pocos como lo son en la sociedad, son muy mayoritariamente heterosexuales ya que a los homo les es fácil satisfacer sus deseos con personas mayores sin levantar sospechas.

Por todo esto, concluyo con Hans Küng que la abolición del celibato limitaría los riesgos de pedofilia, y añado que, al menos, se equivocan los que lo mantienen queriendo colgar el sambenito a los homosexuales.

sábado, 13 de marzo de 2010

Zapatero y el Deuteronomio

Zapatero y el Deuteronomio
Ángel Aguado Fajardo / Licenciado en Teología | Granda Hoy, 09.02.2010
DURANTE los días anteriores a la comparecencia de Zapatero en el Desayuno de Oración hemos oído ironías y gracietas sobre el papel de un no creyente de izquierdas en semejante lugar y con tan anormales compañías. En efecto, La Familia, grupo ultra religioso patrocinador del encuentro orante, no es la comparsa más indicada para que rece nuestro presidente.

Después del evento, tragado el sapo y conseguida la foto con Obama, todo han sido parabienes sobre la elección del texto: "No oprimirás al jornalero pobre y menesteroso, ya sea de tus hermanos o de los extranjeros que habitan en tu tierras dentro de tus ciudades. En su día le darás el jornal, y no se pondrá el sol sin dárselo; pues es pobre, y con él sustenta su vida". Este texto, es una especie de perla que, junto a otras como la siguiente, se encuentra en el Deuteronomio: "Cuando siegues tu mies en tu campo, y olvides alguna gavilla en el campo, no volverás para recogerla; será para el extranjero, para el huérfano y para la viuda; para que te bendiga Jehová tu Dios en toda obra de tus manos."

Junto a estas preciosas frases hay otras terribles, salidas de la pluma del mismo autor y, para los creyentes, inspiradas por el mismo Dios. La siguientes son un botón de muestra, unas suenan a despiadado genocidio y otras incentivan la rapiña total: "Pero de las ciudades de estos pueblos que Jehová tu Dios te da por heredad, ninguna persona dejarás con vida, sino que los destruirás completamente: al heteo, al amorreo, al cananeo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo, como Jehová tu Dios te ha mandado"

"Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra que juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob que te daría, en ciudades grandes y buenas que tú no edificaste, y casas llenas de todo bien, que tú no llenaste, y cisternas cavadas que tú no cavaste, viñas y olivares que no plantaste, y luego que comas y te sacies, cuídate de no olvidarte de Jehová, que te sacó de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre".

Dicen que Zapatero de modo algo velado tuvo la valentía de hablar a favor de los homosexuales. ¿Cómo habría reaccionado si algún ultra presente le hubiera recordado la frase siguiente extraída del mismo libro sagrado citado por él? "No haya ramera de entre las hijas de Israel, ni haya sodomita (homosexual) de entre los hijos de Israel".

No sé el valor que nuestro presidente da al texto que citó en su breve sermón. Pero en realidad estoy seguro de que lo utilizó como utilizan el texto llamado sagrado los que se dicen creyentes, desde el Papa hasta el último dirigente. Todos manipulan un texto y lo utilizan de modo mágico para probar su tesis. En nuestras iglesias, después de leer un texto en el que con lógica se apoyan los colonos sionistas para expulsar a los palestinos de la tierra que Jehová su Dios les entregó, el rebaño, (espero que nadie se moleste ante este término eminentemente bíblico) de modo mecánico, contesta "te alabamos Señor", al que proclama que lo leído es Palabra de Dios. En un funeral donde el celebrante repetía que el difunto gozaba de Dios alabándole, leyó el versículo de un salmo que dice: "no te alabarán los muertos, Señor, sino nosotros que vivimos".

La Biblia resulta por lo tanto el libro más manipulado de los escritos. Si Dios fuera el autor de ella estuvo poco fino al inspirarla y si se arrepintió de haber creado al hombre, cuando manda el diluvio, al ver la maldad de este, a fortiori habría debido arrepentirse de haberse revelado siendo autor de libros sagrados. De hecho, todas la religiones del Libro son fuentes de fanatismo, y los libros en que se apoyan, ocasión para que los jerarcas que los declararon inspirados y revelados manipulen y opriman a los fieles seguidores. En efecto, todas las religiones del Libro coinciden en admitir los conceptos de revelación o de inspiración. En todas ellas existe una jerarquía con el poder de discriminar auténticamente cuales son los libros inspirados, portadores de la revelación, y cual es la recta interpretación de ellos.

Las consecuencias de lo expresado en el párrafo están patentes: fanatismos, imposiciones, guerras de religión, individuos fanatizados que matan a otros fanatizados que se consideran mártires, jerarquías endiosadas, conciencias torturadas, ciudadanos de segunda o tercera, mujeres discriminadas y relegadas, inquisiciones y torturas, oposición al progreso, falta de libertades en todos los campos... En una palabra: la opresión más asfixiante ya que se ejerce desde dentro, sobre las conciencias y en nombre de Dios, y, cuando se pudo, ayudada por la represión más brutal.

viernes, 1 de enero de 2010

La familia cristiana y la Sagrada Familia

La familia cristiana y la Sagrada Familia.

Va constituyendo tradición que, cada año, los señores obispos se reúnan en olor de multitudes para, según ellos, defender la familia cristiana. Creen que los tipos de familia distintos de la que ellos llaman natural y cristiana son un ataque a esta y que como aguerridos adalides, tienen el sagrado deber de defenderla. No se contentan con los púlpitos que, entre todos costeamos, sino que van a plazas públicas, llaman a obispos extranjeros, se rodean de lo más carca de la creencia, y aparecen algunas familias exageradas haciendo exageradas declaraciones y dispuestas a tener los hijos que Dios quiera.

Por mucho que me esfuerzo, no alcanzo a entender por qué constituya un ataque a un modelo de familia la existencia de matrimonios homosexuales, de familias monoparentales, de parejas de hecho o de una nueva ley del aborto. La razón me dice que el que no está conmigo, no tiene, necesariamente que estar contra mí: puede caminar en paralelo o en sentido contrario sin colisionar conmigo. Parece que ellos, en este caso, toman al pie de la letra y se aplican a si mismos la frase recogida en los evangelios de Lucas y Mateo que reza: Lc 11:23 El que no está conmigo, está contra mi; y el que no reúne conmigo, dispersa. Mt 12:30 El que no está conmigo, está contra mí; y el que no reúne conmigo, dispersa. Pase que se ponga en boca de un Jesús-Dios una frase tan radical, pero que los prelados se endiosen hasta tal punto es pasarse da castaño oscuro.

Por otro lado, si analizamos a la Sagrada Familia con el Nuevo Testamento en las manos, parece que no se asemeja demasiado a la que llaman natural y cristiana los señores obispos. Según el Evangelio de Mateo, la madre se queda embarazada de modo extraño y no se lo comunica a su marido, el bueno de José. Cuando este piensa abandonarla (¡que menos se merecía tal comportamiento!), interviene un ángel y arregla la situación. De lo contrario, hubiera terminado la cosa en algo parecido al divorcio. Si ahora intervinieran los ángeles en los problemas familiares, quizá se acortara el número de divorcios y violencias de género. ¿Dónde están cuando más falta hacen?

El niño de doce años se pierde si avisar, y, ante la queja de unos padres angustiados, sale por peteneras, y les regaña por ignorar que estaría en la “casa”, “en las “cosas” o “en lo que es” de su otro padre (hay traducciones para todos los gustos).Mi madre, mujer religiosa donde las haya, me decía que a un niño así ella le hubiera cruzado la cara.

Más adelante este mismo niño “divino”, ya más crecido, desprecia a sus familia, y en vez de apresurarse a saludarla, afirma que su verdadera familia son otros: Mc 3:32-35 “Una multitud estaba sentada en torno a él. Le dijeron: -Mira, tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera.

Él les replicó: -¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y, paseando la mirada por los que estaban sentados en corro en torno a él, dijo: -He aquí mi madre y mis hermanos.

Quienquiera que lleve a efecto el designio de Dios, ése es hermano mío y hermana y madre”.

Para colmo, alrededor de los 30 años, abandona a sus padres ancianos y se dedica a la predicación ambulante.

Creo sinceramente que si todas las familias que se dicen cristianas y obedecen a los obispos tuvieran como modelo a esta familia el mundo sería un desastre.

Este es el tipo de familia que se dibuja en los Evangelios, o sea: una familia desestructurada que en nada se parece a la defendida por los obispos. Decididamente, en el mensaje evangélico la familia no es un valor central a conservar. Lo central es el Reinado de Dios al que todo debe ser subordinado, incluida la familia. Este es “el tesoro” y “la perla de gran valor” ante los que se vende cualquier cosa para conseguirlos.

Educación para la ciudadanía y adoctrinamiento

EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANIA Y ADOCTRINAMIENTO

Últimamente, familias que se dicen cristianas, siguiendo los consejos y directrices de la jerarquía eclesiástica más conservadora, han objetado la asignatura de Educación para la Ciudadanía, y se han opuesto al estudio de la misma por sus hijos. El Tribunal Supremo ha decidido que en este caso no procede la objeción de conciencia, por lo que esos estudiantes tendrán que recuperar el tiempo perdido, con el consiguiente perjuicio causado por padres tan cuidadosos.
Por lo visto, jerarcas y padres estiman que la asignatura en cuestión implica un adoctrinamiento cuando habla de los distintos tipos de matrimonio, del uso del preservativo, del aborto, y de otras cuestiones por el estilo. Quizá piensen, incluso, que sus tiernos retoños podrían ser traumatizados al oír clases y leer libros sobre estas materias. En conclusión, parece que la información pudiera resultar nociva, y que es preferible la ignorancia sobre estos temas con el fin de preservar una supuesta inocencia. Por algo el primer pecado consistió en comer del árbol de la ciencia, y la Iglesia se ha opuesto a ella desde tiempo inmemorial. Recordemos a Galileo con la tierra girando alrededor del sol; la disección de cadáveres; el parto sin dolor; y tantas y tantas oposiciones del magisterio eclesiástico a la ciencia.
Estoy seguro de que estos padres no vigilan en absoluto las clases de indoctrinamiento católico en la asignatura de religión. En ellas, no es raro que personas con escasa preparación diserten sobre lo divino y lo humano, y traumaticen la candidez que se intenta preservar al objetar la clase de Educación para la Ciudadanía, con un Cristo que “vendrá a juzgar a vivos y muertos”, y con un infierno eterno donde existe una “pena de sentido” con los más crueles suplicios. Téngase en cuenta que nada de lo dicho podrá ser obviado ya que se trata de dogmas de fe en los que la Iglesia no puede dar marcha atrás.
Todos nos hemos escandalizado de la pederastia clerical, y con razón, pero casi nadie se extraña de que se aterrorice a los niños con un infierno eterno. Cierta niña a la que un desaprensivo clérigo manoseó, olvidó rápidamente el incidente, pero no pudo dormir durante noches pensando que una amiga suya se habría condenado por morir después de cometer con ella un pecado mortal.¿Donde se da un mayor trauma?
Ángel Aguado Fajardo. DNI 23573878m. C/ Antonio López Sancho, 3, 7º D. 18011 Granada. Tel. 958158901
Publicado en Ideal el 02/02/2009.

Me contestan de la Secretaria General del Obispado de Cartagena:

“Bastante irresponsable, falso, sesgado y malicioso.
Pero, no se preocupe, el Bien ya venció al Mal hace dos mil años, y la
Verdad nos hace libres.
Cristo es la respuesta a todos los problemas del hombre, no la EpC!!!
Pero, en fin, ustedes también tienen su fe, su credo, sus profetas...
Yo me quedo con los verdaderos...
DM”

A lo que replico:
En tan pocas palabras no se pueden acumular mas ofensas, juicios
temerarios y soberbia. Asi les luce el pelo. Se quedaran solos con sus
verdades que la mayoria de las veces solo son mitos mas o menos bellos. De todos modos sus lineas son nada cristianas, ahuyentan a las ovejas y necesitan una confesion sacramental.

Un dia en el seminario en los años 50

UN DÍA EN EL SEMINARIO MENOR EN LOS AÑOS 50

A alguien le oí decir que en el seminario de sus tiempos les educaban no para hombres sino para héroes. Cuando recuerdo mi estancia en ese centro a la tierna edad de 11 años, me confirmo en esa misma sensación. Tanto era así que al relatar a los jóvenes de hoy la distribución del tiempo en un día de mi seminario menor, ya fuera lectivo o de fiesta, me miran con incredulidad y creen que les engaño.

A las 6.30 de la mañana, la campana, voz de Dios, nos despertaba, y en menos de media hora, abreviando lo más posible ante lo escaso del tiempo, lavados, vestidos con sotana y fajín, hechas las necesidades y deshecha la cama, en filas y en silencio, nos encaminábamos a la capilla donde permanecíamos mas de hora y media entre meditación, misa y otras devociones. Allí, si el padre espiritual se hacía cargo de la situación pueril de los escuchantes, nos entretenía, en la media hora de meditación, narrando vidas de santos con formato de cuentos. Pero cuando el espiritual no fue de este talante, se dedicaba a atemorizarnos y a exigirnos sacrificios y mortificaciones artificiales. En filas y en silencio, volvíamos al dormitorio para hacer la cama y ponernos en ropa de faena: tristes guardapolvos tan distintos que, en las filas, semejábamos serpiente multicolor. El desayuno se tomaba normalmente en silencio y consistía en un café-cebada con leche aguada y un bollo de pan seco que mas adelante se pudo untar con mantequilla de la Ayuda Social Americana.
En filas y en silencio, íbamos al salón de estudio y, pasada una hora, a clase; estudio y clase que se repetían por la mañana con un recreo de diez minutos al final de cada clase en el que por fin podíamos hablar. Antes del almuerzo, en filas y en silencio, de nuevo a la capilla para visitar al Santísimo, y de la misma guisa: en filas y en silencio, se nos conducía al comedor donde recibíamos una mal condimentada pitanza que a veces se me volvía y que llegué a conseguir tragar sin tomarle el sabor. Durante cualquier comida se nos leía algún pió relato que a veces encogía mi ánimo infantil como cuando tocó oir “Victima del Secreto de la Confesión”, y oíamos los pasos del asesino que se acercaba a su víctima. Después de la refección había una media hora de recreo, seguida de otra media hora de música. Gran acierto esta clase donde los menos aptos aprendían de memoria las lecciones, y los más dotados conseguían una aceptable formación musical, siendo el origen algunos buenos compositores, directores e intérpretes. Durante la tarde teníamos de nuevo dos horas de estudio y dos de clase, con en intermedio de una hora seguida de recreo que nos parecía muy larga y que dedicábamos a alguna competición deportiva. De nuevo, en filas y en silencio, íbamos a la capilla en donde permanecíamos más de media hora en distintas devociones: rosario, lectura espiritual y bendición con el Santísimo. Después de la cena a la que nos dirigíamos, de nuevo, en filas y en silencio, había un breve recreo que se debía aprovechar para hacer las necesidades, tras el cual, en filas y en silencio, íbamos a la capilla donde se hacía un examen de conciencia, se nos recordaba con voz cavernosa que teníamos que morir sin saber donde, que seríamos juzgados por Dios sin saber cuando, que si fuera esa noche qué cuenta le daríamos, que era incierta la sentencia de salvación o condenación eternas, y que con esa incertidumbre debíamos llorar los pecados y enmendar la vida para que Jesús, José y María nos asistieran en la última agonía. Por último, en filas y en silencio, nos encaminábamos al dormitorio donde al poco de llegar, sin poder siquiera ir a los servicios, teníamos que estar en la cama.

Los domingos o días de fiesta se diferenciaban en que no había clase aunque las tres horas largas de estudio no se perdonaban. Este estudio era especialmente molesto en la parte que transcurría durante las últimas horas de la tarde y en días de frió; en las comidas nos permitían hablar con la fórmula “Benedicamus Domino”, a la que alborozados contestábamos “Deo gratias”; y empezaban unas conversaciones que a menudo degeneraban en gritos. El superior, si lo estimaba conveniente, llamaba la atención e, incluso, nos volvía al silencio y la lectura. No era raro el caso en que el superior se eternizaba desgranando una granada con tenedor y cuchillo, mientras que nosotros habíamos acabado rato ha, al no usar esas herramientas. Nos mandaba levantar, hacíamos ruido, nos volvía a sentar, volvíamos a hacer ruido, y así entre levantada y sentada nos iba quitando recreos hasta que, vencidos, nos levantábamos a su entero gusto. Por la tarde salíamos de paseo en ternas (formados de tres en tres), de sotana y fajín si el destino eran las afueras, o beca, si era algo de más gala, apetecieran o no el paseo o los compañeros asignados, sin poder escoger acompañantes, no fueran a surgir “amistades particulares”, algo casi rayano en lo nefando. Si hacía mal tiempo nos ponían algún reportaje de temas tan interesantes como la fabricación de cojinetes, y saltábamos de alegría cuando era un corto de Charlot o del Gordo y el Flaco.

El jueves era un día semilectivo, y bastante agradable. Nos llevaban el Estadio de la Juventud, cerca de la estación de ferrocarril, donde durante largas horas practicábamos el deporte preferido: fútbol, frontón o baloncesto.

Algunos días se dedicaban especialmente a la piedad. Eran los de Retiro o de Ejercicios Espirituales. En el retiro, se empleaba la mañana en oír dos predicaciones: meditación y plática (nunca llegué a distinguir la esencia diferenciadora de ambas), y a pasear cabizbajos, procurando no faltar al silencio que en ese día tenía un valor especial. Los Ejercicios eran de tres días para los pequeños y de cinco para los mayores. Allí se nos metía el alma en un puño con meditaciones truculentas sobre la muerte, juicio e infierno. Se nos contaban casos como el del joven modélico que se condena al morir, después de su primer pecado mortal; o el del asesino que tiene la suerte de terminar sus días después de una confesión bien hecha y se salva por los pelos. Todo terminaba con una confesión más o menos general, después de la cual me sentía especialmente limpio y santificado. Llegaban a decirnos que ese sería un momento privilegiado para morir.

Si hoy en día a un crío de once años se le sometiera a la disciplina descrita, mucha gente no dudaría en afirmar que se le estaba torturando. Tuvimos un superior cuyo nombre me callo que nos prohibió hacer nuestras necesidades antes de acostarnos. Si alguien se veía impelido a ello, tenía que auto castigarse de rodillas ante una Virgen del Pilar situada en el rellano de las escaleras, hasta que el buen señor subía, a veces, a horas tardías, después de haber departido con sus compañeros. Si no te infligías el castigo podías haber sido visto por algún chivato que yendo con el soplo te conseguía otro castigo aumentado por la desobediencia perpetrada.

No éramos sujetos de derechos, sino súbditos de un todopoderoso rector asistido por unos superiores célibes sin la más remota idea de cómo tratar a unos niños. Si nos hubiéramos sentido sujetos de derechos habríamos protestado ante la flagrante arbitrariedad descrita en el párrafo anterior, pero eso no pasaba ni remotamente por nuestras sumisas mentes. A mi me decía que tenía el don de la oportunidad si, durante el estudio, le solicitaba permiso para hacer alguna necesidad. Y que conste que sólo lo hacía cuando no podía aguantas más.

Durante el día era mínima la capacidad de decisión. Esta se reducía a elegir en el recreo entre un deporte u otro, pasear, con cuidado de no repetir demasiado con el mismo compañero por el peligro de las amistades particulares, paso previo al pecado nefando, y hacer alguna visita a la capilla. En los demás momentos del día, tenías que estar en el sitio que marcaba el reglamento, voluntad de Dios, y sólo en ese sitio. Todo lo demás estaba prohibido: aquello era el reino de las prohibiciones.

Con tanta fila y tanto silencio, los de temperamento travieso o hiperactivo eran unos trastos (palabra muy usada por algunos superiores). Chicos que han llegado a ser profesionales magníficos tuvieron que abandonar el seminario con el sambenito de inútiles. Con alguno de ellos me he encontrado que, además de políglota, es profesor en una universidad japonesa.

El frió era la pesadilla en el invierno. Salías de una cama no muy sobrada de mantas y te enfrentabas a un lavabo de agua fría ante la mirada atenta del superior vigilante. Para anticiparte a los problemas era mejor que, echándole valor, te enjabonaras cara y cuello para disolver el jabón con abundante agua casi congelada, porque si eras sorprendido intentando lavarte a estilo gatuno, el jefe se remangaba, te enjabonaba a fondo y te dejaba que terminaras la faena. Que alegría, cuando debido al intenso frió, las tuberías congeladas no dejaban pasar ni una gota de agua.

Sólo se entraba en calor durante los recreos que aprovechábamos para movernos. Todo el día se estaba condenado a la inmovilidad del estudio, la clase, la capilla o el comedor sin ningún tipo de calefacción. En este último espacio, las frías mesas de mármol sin ningún tipo de mantel aumentaban la desagradable sensación.

Consecuencias de todo lo anterior eran los sabañones que a algunos más sensibles se les hacían crónicos y se les reventaban en dedos y, sobre todo, en orejas.

Otra fuente de sacrifico eran las comidas. Nuestro tiempo no fue de escasez, pero si de pésimos ingredientes y condimentación. Para mi paladar de niño mimado, con dos madres, y acostumbrado a ciertos caprichos, algunas especialidades resultaban intragables. El café (¿) con leche, con abundantes trozos de nata sobrenadando, lo engullía sin tomarle el sabor. Los garbanzos cuyo caldo se cuajaba en el plato me producían especial repugnancia. Pero la palma se la llevaba una especie de sopa de arroz que una vez deglutida se me volvía a la boca, y con gran apuro volvía a tragar. Esta especialidad desarrolló en mí una extraña habilidad: comer sin tomar el sabor a lo comido. A lo largo del tiempo se obró una especie de prodigio: esta comida que me producía nauseas llegó a gustarme al final de mis doce años de seminario.

Al servirte la comida nunca te preguntaban si tenías más o menos apetito. Del primer plato te servían dos cazos como mínimo, y el principio había que comerlo entero. Recuerdo un caso desgraciado: el filete que se nos servía casi todos los domingos era especialmente insulso y duro, y un compañero lo introdujo en un sobre usado y lo arrojó en el recreo. Alguien lo encontró, y como en el sobre estaba su nombre, ya que pertenecía a una carta de sus padres, fue con el cuerpo del delito al superior. Al delincuente se le recluyó en el comedor hasta que dio cuenta de tan suculento bocado. Este mismo compañero murió a los catorce años en el seminario, ya que aquejado de una grave enfermedad, calló la dolencia hasta que la situación devino irreversible.

Tan mal me sentía en aquel ambiente, que la visita mensual de mi madre, durante el primer año, la pasaba llorando. Ella me animaba a abandonar, pero nunca le hice caso, y aun no me explico el porqué.

Lo expuesto demuestra que nuestras batallitas resulten increíbles para la juventud actual criada en el disfrute de todos los derechos y con muy pocos deberes. Un joven de ahora hubiera llevado, sin dudar, a los tribunales a algunos formadores de entonces.

El resultado de aquel método de formación ha sido la creación de unas personalidades con voluntad de hierro, con unas creencias y principios extraordinariamente arraigados, y fuertemente reprimidas. En consecuencia, creo que todos han tenido un aceptable éxito en la vida, la mayoría ha conseguido liberarse de creencias ñoñas y represiones, y el resto quizá sea aceptablemente feliz en la aceptación de lo recibido, siendo, sin duda, personas de orden.

domingo, 20 de diciembre de 2009

¿Mártires?

¿Mártires?

Desde que se anunció la multitudinaria beatificación de 498 personas asesinadas durante la Segunda República y la Guerra Civil españolas, he procurado leer los más diversos artículos sobre el tema. Después de las lecturas, siempre me quedó un regusto de insatisfacción, pensando que algo sobraba o faltaba, y que los argumentos no eran concluyentes.

Para fijar mi opinión, partamos de la siguiente definición de mártir que podría ser generalmente aceptada: Persona que padece voluntariamente la muerte o un tormento mortal, sufrido con paciencia y fortaleza por odio contra la fe cristiana o contra la ley de Dios. Por ello, dice S. Agustín, "No hace al mártir la pena que padece, sino la causa o motivo por que padece". Mueren, por tanto, por ser religiosos, por odio a la religión concebido como tal tanto en la mente de los verdugos como en la de las víctimas.

En la Iglesia Católica, por tanto, se tiene por mártir, y puede ser beatificado o canonizado como tal, cualquier persona de la que se demuestre fehacientemente que entregó su vida en estas circunstancias y no es mártir, en consecuencia, aquel a quien le arrebatan la vida por cualquier otro motivo.

Aceptado lo anterior, podemos llegar a las siguientes consecuencias o situaciones:

Primero: Sería mártir el sacerdote fanático, delator de republicanos, interesado, apegado a los ricos y despreciador de los pobres, a quien unos incontrolados milicianos le proponen que blasfeme y se acueste con una prostituta, y él se niega y muere gritando: ¡Viva Cristo Rey!

Segundo: No sería mártir el sacerdote pobre, humilde, situado al lado de los últimos, que apoyó a la República pensando que acabaría con el caciquismo y con la opresión de los trabajadores, aunque todo esto lo hiciera movido por su creencia firme en el Evangelio, a quien unos incontrolados falangistas fusilan mientras que, como Jesús en la Cruz, se queja al Padre musitando: “Dios mío ¿por qué me has abandonado?”

Tercero: El martirio es la consecuencia del choque de dos fanatismos: el de la víctima y el del verdugo.

Cuarto: Ser mártir no depende tanto del que entrega la vida, sino, sobre todo, del verdugo. Si éste no se mueve por odio a la fe de la víctima, ésta no alcanza la gloria del martirio.

Quinto: No entiendo el interés de algunos cristianos progresistas en que sean beatificados los curas asesinados por el bando nacional. A estos no les añade nada que una iglesia fanática e intransigente les adorne con ningún tipo de palma; ni son mártires, ni falta que les hace, ya que su asesinato no fue por odio a la fe.

Sexto: Sólo cambiando el concepto de mártir de uso corriente en la Iglesia, de modo que no fuera determinante el odio a la fe en el verdugo, y sí el compromiso de la víctima, serían beatificables y canonizables tantos que perdieron su vida, no por ideas o por un fanatismo absurdo, sino por su compromiso radical y práctico con los valores evangélicos, y en consecuencia con los oprimidos. Recordemos a algunos: el sacerdote brasileño Joâo Bosco Penido Burnier fue asesinado en 1976. El obispo argentino Enrique Angelelli. Monseñor Óscar A. Romero, arzobispo de San Salvador, fue asesinado en 1980 por militares salvadoreños mientras decía misa. Ignacio Ellacuría y cinco compañeros jesuitas y dos mujeres, comprometidos todos ellos con la liberación de los pobres.

En conclusión, desear el martirio es, al menos, una ingenuidad, si no, una estupidez al alcance de cualquier fanático, y ser mártir es una desgracia que, de por sí, no dice nada de la honestidad de vida del afectado. Acordémonos de los mártires voluntarios que, en la España musulmana, con desprecios al Corán y a Mahoma, ponían a las autoridades en el brete de asesinarlos, y algunos lo conseguían. Por el contrario, en este sentido, entre los musulmanes creo que no se dan los mártires ya que para ellos no es inmoral simular la apostasía ante una fuerza mayor. Sabia actitud porque ¿a cuento de que va a agradar a un Dios bueno y cariñoso que alguien pierda el don precioso de la vida sólo porque a cualquier fanático se le antoje que debe pronunciar unas palabras que se lleva el viento?

La vida es algo tan precioso que estimo absurdo entregarla para defender ideas. El medio adecuado para ello sólo es el diálogo en un contexto de libertad.

Entregar la vida sería laudable, sólo y exclusivamente, cuando se persigue el bien de personas, y no en aras de ideales por sublimes que estos fueren.